Mal olor corporal: acabar con la pesadilla
·Magazine nº26, Enero del 2008.
·Sección: Actualidad - Categoría: Salud y Belleza

Autor: Estefanía Rodríguez

En la antigüedad, el olor corporal era considerado un elemento de atracción y distinción, pero en la actualidad tendemos a disimularlo con otros aromas y fragancias externos. Sin embargo, existen factores que provocan que el olor sea tan intenso y desagradable que resulta muy difícil su disimulo, lo que puede acarrear problemas en ámbitos sociales y laborales.

El olor corporal existe y es inevitable que se manifieste. La transpiración del cuerpo se desencadena por el calor derivado del movimiento, por el propio calor ambiental o también por estados de ánimo de nerviosismo, miedo, emoción o cualquier otro estímulo emocional. Cuando las glándulas sudoríparas, productoras del sudor en regiones sensibles como las axilas, el pecho o las ingles, reaccionan ante estos estímulos, desprenden unos microorganismos o bacterias que liberan a su vez unas secreciones que se descomponen y que dan origen al olor corporal. Las zonas de mayor riesgo son las menos ventiladas, aunque el sudor y el olor también pueden manifestarse en manos, cabeza o pecho.

Pero el mal olor también puede relacionarse con patologías del riñón o del hígado, por la falta de ciertos minerales como el cinc en el organismo o por la ingesta de ciertos medicamentos, como los recetados para la diabetes. Además, aquellas personas que fuman e ingieren regularmente alcohol también ven incrementadas sus posibilidades de desprender un olor más intenso.

La transpiración es necesaria para eliminar las toxinas y el sobrecalentamiento térmico del organismo, y de hecho a veces la única causa de mal olor es la mala ventilación de las zonas de riesgo y la falta de higiene corporal. Ducharse una vez al día con agua y jabón, secarse cuidadosamente cada rincón del cuerpo y lavar la ropa después de cada uso reducen considerablemente las probabilidades.

También se recomienda rasurar las áreas de riesgo cubiertas de pelo y utilizar desodorantes efectivos como barrera defensiva. Entre los “desodorantes” naturales y antifungicidas destaca el uso del agua oxigenada, el árbol de té, el bicarbonato de sodio (también aplicado en los zapatos) y el ácido bórico. Este último se ha probado como efectivo en casos extremos, aunque debe controlarse su uso porque puede irritar la piel.

Hay que tratar de llevar calzado y ropa adecuados, que no retengan el sudor ni aumenten las posibilidades de aparición de bacterias por falta de transpiración de los materiales. En ese sentido, conviene tener en cuenta los materiales de fabricación y los tejidos, ya que los orgánicos, como la lana, el satén o el lino garantizan mejor transpiración que las fibras sintéticas o artificiales, además de que se adaptan mejor a la temperatura real del cuerpo.

Otra cuestión clave, una vez resuelto el problema de la higiene externa, es el de la alimentación. Una alimentación pobre en vitamina B y cinc, y rica en carnes rojas, cafeína, especias picantes y comidas refinadas aumenta el riesgo. Es importante apoyarse en una dieta rica en fibras, agua, hortalizas, verduras y frutos secos, que reduzca correctamente la emisión de toxinas.

Otra recomendación sería cepillar suavemente la piel antes del baño para exfoliar la piel muerta, y en el caso del mal olor de pies un buen truco consiste en lavarlos en un recipiente con agua caliente y clorofila líquida.

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