Cada vez hay más gente que se preocupa por saber lo que comemos, pero ¿sabemos lo que bebemos? ¿Reparamos en los ingredientes, niveles de azúcar o derivados cuando saciamos la sed o cuando disfrutamos de un acto social? Lo cierto es que apenas se cuida este aspecto de la alimentación, y no solo entre los adultos, sino también en la infancia, donde la ingesta de determinadas bebidas altamente azucaradas está en la base de serios problemas de obesidad.
Además, cuando se bebe se ingieren de golpe un mayor número de calorías que si se mastica la comida, y en la mayoría de los casos, en número muy superior a las cantidades que el cuerpo puede “quemar” a diario. En ese sentido, conviene recalcar que, al contrario de lo que se cree y dependiendo de su composición, las bebidas sí pueden engordar tanto o más que determinados alimentos ya que incluso en ocasiones el azúcar que contienen va directamente a la sangre.
Desde el desayuno, un organismo adulto normal puede llegar a ingerir una media de dos cafés e infusiones, media taza de leche, una gaseosa, 1 ó 2 yogures y finalmente al caer noche, bebidas alcohólicas, como el vino o la cerveza. Sin apenas darnos cuenta, hemos consumido entre 300 y 600 calorías o entorno a 100 gramos de azúcar, lo que considerando que ésta es un aditivo energético y no un nutriente, es más de lo que un organismo medianamente sedentario puede asimilar.
No se trata de prescindir de estas bebidas pero quizá sí de cuidar la tipología o composición. Así por ejemplo, resulta conveniente cambiar las leches enteras por leches desnatadas ya que la primera contiene un valor calórico que duplica al de las desnatadas. Este principio es aplicable a otro tipo de lácteos, como los yogures. Por otro lado, conviene tomar zumos naturales antes que envasados, ya que los primeros contienen mayores niveles de ácido fólico, vitamina C y otros nutrientes, determinando además las cantidades en función del desgaste diario al que se someta el organismo. Así, quienes practiquen deporte o se desplacen a pie pueden llegar a consumir hasta 180 calorías a través de estos zumos.
Una buena opción es preparase zumos o granizados que contengan al menos un cítrico, como el limón o la naranja, que evitan la retención de líquidos, poseen un nivel de azúcar razonable y además actúan como activo diurético y depurativo. Además, los cítricos son muy refrescantes y saludables, pudiéndose combinar con hielo y otras frutas como la piña, la papaya o la zanahoria, que son potentes antioxidantes celulares y ayudan a neutralizar las grasas. Hay que recordar que cuando se elaboran cócteles o batidos, la mezcla de diversos ingredientes multiplica los niveles de azúcar, y sobre todo si se introducen bebidas alcohólicas. En este grupo, los licores, las bebidas blancas y la cerveza son las que más deben controlarse, mientras que el vino es la menos dañina.
Cuando nos enfrentamos a los productos preparados, debemos tener en cuenta que muchos son carbonatados, otros llevan edulcorantes artifíciales, acidulantes o ácido ascórbico, mientras que existe toda una gama de bebidas de origen “deportivo”, conocidas como “isotónicas”, que poseen una alta dosis de hidratos de carbono, por lo que se debe prestar atención a la etiqueta, sobre todo si estos productos se dirigen al consumo diario o de la infancia.
Pero por encima de todas, no se debe perder de vista que la bebida menos calórica y más depurativa sigue siendo el agua, que puede sustituir a cualquiera de las anteriores en una dieta equilibrada.